Dirigida por Robert Wiene, famoso director de la aclamada película "El cabinete del doctor Caligari", una obra maestra del expresionismo alemán y, por consiguiente, película de culto. "Las manos de Orlac", estrenada en 1924, no se queda atrás de la primera película de Wiene. Contó con un presupuesto mucho mayor al de su predecesor, por lo que tiene más escenarios en interiores y exteriores. La actuación fenomenal de Conrad Veidt como el protagonista "Orlac" ayudan a sentir la desesperación, frustración, duda y, en sí, el desbalance psicológico que envuelve al personaje a lo largo de la película.
"Las manos de Orlac" cuenta la historia de un pianista exitoso y felizmente casado, quien en un viaje de regreso para ver a su amada esposa, sufre un accidente y termina con sus manos gravemente heridas e inutilizables. Ante esto, su doctor decide experimentar en él un transplante de manos del cuerpo de un criminal ejecutado cuyo cuerpo yacía en su cargo. Tras el éxito aparente de la operación, Orlac por su propia cuenta se da cuenta de que esas manos no son suyas y al enterarse de que alguna vez pertenecieron a un asesino, se ve acechado por impulsos asesinos y apariciones del verdadero dueño de ellas. Tras el accidente, Orlac ya no puede seguir trabajando como pianista y tras un tiempo termina sumido en la pobreza. Su esposa lo convence de ir a pedir ayuda a su padre, una persona quien odia a su hijo, pero al momento del encuentro descubre que su padre ha sido asesinado con el mismo cuchillo del criminal Vasseur, el dueño de las manos de Orlac. Las huellas dactilares y el arma en la escena del crimen apuntan a que fue Vasseur el asesino, pero el ya había sido ejecutado. La confianza y estabilidad mental de Orlac se desmoronan al creer que sus manos asesinaron a su padre aunque él no lo recuerde y por ello es extorsionado por un tercero quien lo acusa de saber que él es el verdadero asesino. Orlac confiesa a los policías sobre su supuesto trastorno de personalidad, confesando además la identidad de su extorsionador. Gracias a la confesión final de su criada, se descubre que no fue Orlac el asesino, sino el extorsionador quien se hizo pasar por Vasseu al haber copiado sus huellas en unos guantes de látex. Fue él quien había cometido los crímenes y los implantó en Vasseu quien, a fin de cuentas, fue acusado injustamente siendo inocente. Al enterarse de que sus manos no estaban manchadas de sangre, Orlac por fin recupera la tranquilidad y alivio de sus alucinaciones y sufrimientos que se había autoimplantado por su conciencia.
Escena del accidente de tren.




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